
Al consultorio de la Dra Bridget nos llega una pregunta franca, directa, certera. Una pregunta que se nos clava en medio del bulbo raquídeo, quizás porque develarla se haya convertido en la misión imposible de generaciones y generaciones de mujeres confundidas y de varones contrariados.
En esta oportunidad, quien consulta es Carlos, de Luján.
La consulta de este paciente es tan lisa y llana, que nos deja perplejos. Pero no podemos dejar de vernos involucrados en ella para responderla. A continuación, la transcribimos:
“Dra Bridget, si los hombres son el mal de este mundo, por qué me gustan tanto?. Inmediatamente, la respuesta de la especialista.
Apreciado Carlos: si yo supiera qué contestarle, este blog no existiría, en principio, puesto que tendría la fórmula de la felicidad y la vendería en libras esterlinas. Pero como me debo a mis pacientes, lo intentaré.
Por qué, si los hombres son el mal de este mundo, le gustan tanto, pregunta usted.
En primer lugar, el concepto de que los hombres, varones, machos, son el mal de este mundo, es equívoco, matemáticamente no lo son. O al menos no son el único mal.
Comparten el puesto con los cafés sin wi fi
Las ofertas del supermercado en lugares inaccesibles para los clientes
Los caramelos media hora (golosina horrible con buena prensa)
La cinta del gimnasio (esclavitud patética la de una máquina que te indica a qué ritmo tenés que caminar)
La costumbre de tender la ropa
El momento previo a rendir un examen
El jugo concentrado de bidón
En definitiva, el mundo tiene otros males menores. Sé que eso no responde a su pregunta, pero al menos, acorta las distancias para encontrar una respuesta digna.
El gran inconveniente para usted y para mi, y para t@d@s l@s que gustamos de esa especie, es el grado de incomprensión hacia las reacciones biofísico – sociales de los muchachos, además del seguro cumplimiento de la ley de Murphy que reza la siguiente premisa:
“mientras más a usted le guste un señor, menos le funcionará la hipófisis a tiempo”
Todo, mi querido Carlos, todo es culpa de esa maldita glándula. Es la responsable de nuestras reacciones descontroladas, de nuestra afición al fracaso, de la verborragia innecesaria cuando lo mejor es quedarnos callados, de la incesante búsqueda de un sí, cuando el no es la constante, de la furia del mensaje de texto sin filtro en medio de una borrachera, todo eso de lo que uno indefectiblemente va a arrepentirse es culpa de esa venenosa glándula.
Porque es la que nos convierte en incoherentes animales destiladores de un caudal de endorfinas sin destino, y eso, mi estimado Carlos, es una puerta abierta al suicidio sentimental.
Mi consejo médico debería ser que se extirpe la hipófisis, así no será más presa del descontrol glandular, si no fuera porque, además de hacernos quedar como un@s pelotud@s horribles cuando nos gusta alguien, sirve para otras cosas.
Por lo tanto, el único camino que le queda es dejarse llevar por la catarata hormonal. Seguramente quedará pagando un par de veces,
Se sentirá el pato de la boda unas cuantas más,
Pedirá que la tierra lo trague en más de una ocasión,
Pero estadísticamente, no siempre le va ir mal. En algún momento va a encontrar el chongo preciso.
El que no le histeriquee, el que si quiere A, a los dos días va a seguir queriendo A, y no B, C, o Z.
En definitiva: la horma de su zapato, el que le calce justo y no le apriete el juanete.
Siga probando. Pero, atenti al lupo: si su GPS le indica “recalculando” haga caso, no sea testarudo o encontrará la muerte por seguir las indicaciones de su sistema glandular.
Pruebe esta receta y sino le funciona, le devolveremos su dinero y le conseguiremos, al menos, una cita a ciegas para que despunte el vicio.
Doctora, excelente!!! me encantó.
ResponderEliminarGracias doctora... es increible su análisis.. mientras lo leia me di cuenta que hasta senti el sabor de los caramelos media hora que por supuesto y corroborando su teoria me encantan...
ResponderEliminar"a84bef1e-9842-11e0-a165-000f20980440" significa Carlos, el de Lujan, solo que estoy en un cafe con poco wifi.. y no se lo que hago.
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