
Quien hoy desafía a la sapiencia de la Dra Bridget, especialista en enigmas irresueltos, es Eliana Luna, brillante profesional de la política, presidenta de la Fundación Favim e interesada en desandar el camino de las fobias amorosas, de cara a un milenio atravesado por la histeriqueo sentimental.
El cuestionamiento ha requerido un complejo mecanismo de respuesta, ya que encierra un aspecto cultural para el cual difícilmente se pueda hallar un argumento desde las ciencias médicas.
El cuestionamiento puntual es este: ¿Por qué, si uno invita a un hombre al cine y la idea no es ir a ver una película de terror, ellos entran en pánico?
Querida Eliana, esto tiene puntualmente que ver con que, para un varón de edad mediana (entre 12 y 55 años) mendocino típico, el cine está directamente relacionado con pareja estable y matrimonio.
La pregunta puede contestarse en forma antropológica anque histórica. La relación entre cine y compromiso que se produce casi inmediatamente de realizada la propuesta en la mente del varón, responde, según mis cálculos, a lo que la ciencia ha dado en llamar “memoria genética” (proceso por el cual, según el diccionario, el material genético confiere una memoria de la historia de un individuo o una especie)
Estimo que el terror al cine en pareja se remonta a las costumbres de mediados del siglo pasado, según las cuales lograr el permiso del padre de la chica para visitar la sala de barrio, sin un molesto hermano menor en el medio, equivalía a ubicarse en la previa al altar para el desesperado novio, que sólo encontraba intimidad en las butacas de atrás del cine.
Otra razón puede encontrarse, no ya en la memoria genética, sino en la sociología del presente. Es que ir al cine es la salida de la pareja de clase media por excelencia, esos que ya pasaron la etapa de la transa bolichera y aún no les da para quedarse durmiendo en el sillón del living viendo el show creativo los sábados a la noche. Entonces, “cine” entra en directa relación con “lista de casamiento en Falabella” sin ningún tipo de contemplación ni medias tintas.
Una instancia compleja del asunto son las coordenadas espacio - tiempo - duración de la cola para comprar las entradas. Porque en esta provincia entretenida, los cines están ubicados pura y exclusivamente en los centros comerciales, llámeselos shopping - con el excluyente caso del cine de la Universidad, pero vayamos a las generales de la ley, a los casos que marca el convenio de la más recalcitrante mendocinidad, al palo.
Porque, una vez dentro de la sala y apagadas las luces, todos los gatos son pardos. Pero “hay que soportar 45 minutos de espera junto a una fémina que quizás no dure más de lo que dura un balde de pochoclos dulces y un puñado de efectos especiales”, piensan ellos.
En ese tiempo el desesperado protagonista de la incómoda situación, no para de girar su cabeza, casi a 180 grados, buscando una cara conocida en el mar de gente que flota en forma continua por los estridentes pasillos del shopping center. Es que, asumámoslo: en 45 minutos, puede pasar casualmente por allí el padre de su ex novia, la vecina del 3ero B, la masajista de su tía, una amiga de mamá, el verdulero de la cuadra, un compañero del trabajo, su hermano más chico, la kiosquera, el peluquero de la familia, en fin: cualquier ser humano inconveniente podría ubicarlo y desparramar la buenanueva, y hasta escarcharlo en facebook.
El cine, querida Eliana para quien el cine es una salida más, tan inocente como llamar a un delivery, te lo quiero decir: para tu asustado acompañante, el cine es un peligro, la antesala del infierno, un compromiso en ciernes, siente que una vez comprado el ticket de la entrada aparecerá por popa una oficina ambulante del Registro Civil móvil y dos empleadas de Village o Cinemark serán tomadas de testigos de emergencia. Una vez terminada la película, ya no habrá escapatoria: Vos y El serán marido y mujer. Mientras un coro de adolescentes se ríen de su desgracia y en lugar de arroz, les cae una lluvia de pegocientos pochoclos.
Mi consejo médico es que sigas un tratamiento como el que debe practicarse con aquellos moribundos en estado de pre congelamiento.
Como sabrás, no se los puede calentar de entrada, porque el schock térmico los mataría. Lo que se estila, en estos casos, es un recalentamiento pasivo: primero una frazadita, después un chorro de agua caliente, y así, intentás que el susodicho vire de morado a lila pálido y luego a verde manzana, para entonces ir adquiriendo un color amarillento humanoide. Es decir, mi reina, no lo lleves de entrada al cine. Te conviene una previa en la plazoleta Alem, un café parados en la entrada del Pasaje San Martín (el cafetero cobra 3 pesitos el vaso de café con leche y una tortita) un encuentro fortuito en el ascensor del edificio Gómez (podés aprovechar y visitar la terraza, tenés diez pisos para charlar de algo) y así. Quizás logres que un día de semana, el miércoles con descuento, ponele, el campeón del escapismo, el gran Houdini, se distraiga y te proponga ir a ver una de piratas. En ese caso, proponele pagar el pochocho, como ofrenda a semejante acto de superación de su fobia cinematografo-amorosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario