domingo, 19 de junio de 2011

¿Por qué, si nos lo están diciendo, las mujeres entendemos lo que queremos?


Hoy nos pide un turno Gabriela Heredia, correctora de publicaciones gráficas, mujer que debe lastimarse a diario las retinas con ciertas barbaridades publicadas y que ahora pretende develar este misterio de la raza humana.
La consulta está basada en la interacción de dos melodías españolas. La primera, de puño, letra y cuerda vocal pertenece a Rocío Jurado “Y sin embargo, te quiero”, abigarra un compendio de frases inconvenientes y atravesadas por la más pura falta de autoestima.
La segunda de puño, letra, cuerda vocal y falo, es de Joaquín Sabina. “Y sin embargo”. Se trata del himno a la poligamia por excelencia, es la cruel verdad que algunas mujeres imaginan y no se animan a asumir, en formato musical.

La consulta de Gabriela es la siguiente: ¿Por qué una hace caso omiso de lo que le dicen? ¿Una es una idiota? ¿Está enamorada?, Gabriela supone que ser una idiota y estar enamorada es lo mismo.

Apreciada Gabriela: Le voy a responder utilizando un principio de la psicología de la Gestalt denominado “Ley de Cierre”. Este asegura que nuestra mente añade los elementos faltantes para completar una figura que no puede percibir en su totalidad –por la distancia a la que se encuentra, por ejemplo -

¿y desde donde los añade? preguntará usted, querida Gabriela. Esta respuesta podría variar según cada ser humano, pero en general, la mente añade los faltantes desde el único lugar que puede: sus propio banco de datos. Y en el caso de la psique femenina, este principio sería equivalente a la afirmación de que una ve lo que quiere ver y completa el rompecabezas con unos engendros de piezas que te la voglio dire. El resultado es, claro está, una realidad virtual, una especie de país de las maravillas sin Alicia que se cae a pedazos, en fin, una escenografía con telones de fondo y todo.

Analicemos la letra de la canción: “Me lo dijeron mil veces, mas yo nunca quise poner atención, cuando vinieron los llantos ya estaba metido muy dentro de mi corazón”

(Esto significa que la señora ya se veía venir la catástrofe y le dio para adelante, completando media figura de lo que pintaba para ser un hijo de puta hecho y derecho, con algunas características ensambladas de Martín Luther King y Mahatma Gandhi)

Después tiene un rapto fugaz de consciencia y dice:

“Vives con unas y con otras
y na' se te importa de mi soledad
sabes que tienes un hijo
y ni el apellido le vienes a dar.
Llorando junto a la cuna
me dan las claras del día,
mi niño no tiene pare
que pena la suerte mia”

Ahí es como que la mente está entrando en calor, intentando no pasar tanto por pelotuda, pero inmediatamente ella vuelve a derrapar y pierde definitivamente el precario norte que había encontrado:

Te quiero mas que a mis ojos,
te quiero mas que a mi vida,
mas que el al aire que respiro
y mas que a la mare mía.

Que se me paren los pulsos
si te dejo de querer,
que las campanas me doblen
si te falto alguna vez.

Eres mi vida y mi muerte
te lo juro compañero,
no debía de quererte
no debía de quererte.
y sin embargo te quiero”

Ahí termina una de convencerse de que el botón autocompletar está a la orden del día en la cabecita loca de nuestra heroína.

Donde hay un ganso, ella ve un cisne
Donde hay un lobo, ella ve un ovejero alemán.
Donde hay un gatero viejo, ella ve un hombre amable con todas,
Donde hay un sujeto que busca escaparse de cualquier manera, ella ve un hombre atribulado,
Donde no hay interés ella ve complicaciones sobrenaturales, (se le mojó el celular, se quedó sin señal en medio del desierto, se le borró el número, se quedó dormido, o en su defecto, quiere responder y no puede)

No ves lo que queres ver, reina. Y te tengo una mala noticia: no vienen anteojos para ayudarte a enfocar la mente.

Prueba más clara de ello es el contenido de la canción N° 2 “y sin embargo” de J. Sabina, que, en resumidas cuentas, aclara:
Donde un hombre dice “gato” quiere decir “gato” y no perro, loro, ardilla o tortuga.
Que “Desinterés” es = a “poco interés”.
Frialdad es = a “falta de calidez”.
“No respuesta” es = a N/S – N/C
Cuernos = Cornamenta, lo que equivale a SCO (sale con otra, o con otras)
Y si dice “bebotas, bebé o bebas”, probablemente se está refiriendo a una minita que tiene, mínimo, 15 años menos que vos, lo que equivale a considerar que si lo es.
Entonces, emperatriz de la Psicología de la Gestalt, no te estanques, no te engañes, que esa mente desesperada por accionar el botón “autocompletar”, no te mate la cabeza con falsas premisas!
En lugar de accionar “autocompletar”, será mejor que recogas tu carterita y antes de volverte sobre tus talones, acciones NEXT. sentirás como si hubiera llegado el plomero a arreglarte, después de tanto tiempo, la cadena averiada del inodoro.

miércoles, 15 de junio de 2011

Si los hombres son el mal de este mundo, ¿por qué me gustan tanto?


Al consultorio de la Dra Bridget nos llega una pregunta franca, directa, certera. Una pregunta que se nos clava en medio del bulbo raquídeo, quizás porque develarla se haya convertido en la misión imposible de generaciones y generaciones de mujeres confundidas y de varones contrariados.
En esta oportunidad, quien consulta es Carlos, de Luján.
La consulta de este paciente es tan lisa y llana, que nos deja perplejos. Pero no podemos dejar de vernos involucrados en ella para responderla. A continuación, la transcribimos:
“Dra Bridget, si los hombres son el mal de este mundo, por qué me gustan tanto?. Inmediatamente, la respuesta de la especialista.
Apreciado Carlos: si yo supiera qué contestarle, este blog no existiría, en principio, puesto que tendría la fórmula de la felicidad y la vendería en libras esterlinas. Pero como me debo a mis pacientes, lo intentaré.
Por qué, si los hombres son el mal de este mundo, le gustan tanto, pregunta usted.
En primer lugar, el concepto de que los hombres, varones, machos, son el mal de este mundo, es equívoco, matemáticamente no lo son. O al menos no son el único mal.
Comparten el puesto con los cafés sin wi fi
Las ofertas del supermercado en lugares inaccesibles para los clientes
Los caramelos media hora (golosina horrible con buena prensa)
La cinta del gimnasio (esclavitud patética la de una máquina que te indica a qué ritmo tenés que caminar)
La costumbre de tender la ropa
El momento previo a rendir un examen
El jugo concentrado de bidón
En definitiva, el mundo tiene otros males menores. Sé que eso no responde a su pregunta, pero al menos, acorta las distancias para encontrar una respuesta digna.
El gran inconveniente para usted y para mi, y para t@d@s l@s que gustamos de esa especie, es el grado de incomprensión hacia las reacciones biofísico – sociales de los muchachos, además del seguro cumplimiento de la ley de Murphy que reza la siguiente premisa:
“mientras más a usted le guste un señor, menos le funcionará la hipófisis a tiempo”
Todo, mi querido Carlos, todo es culpa de esa maldita glándula. Es la responsable de nuestras reacciones descontroladas, de nuestra afición al fracaso, de la verborragia innecesaria cuando lo mejor es quedarnos callados, de la incesante búsqueda de un sí, cuando el no es la constante, de la furia del mensaje de texto sin filtro en medio de una borrachera, todo eso de lo que uno indefectiblemente va a arrepentirse es culpa de esa venenosa glándula.
Porque es la que nos convierte en incoherentes animales destiladores de un caudal de endorfinas sin destino, y eso, mi estimado Carlos, es una puerta abierta al suicidio sentimental.
Mi consejo médico debería ser que se extirpe la hipófisis, así no será más presa del descontrol glandular, si no fuera porque, además de hacernos quedar como un@s pelotud@s horribles cuando nos gusta alguien, sirve para otras cosas.
Por lo tanto, el único camino que le queda es dejarse llevar por la catarata hormonal. Seguramente quedará pagando un par de veces,
Se sentirá el pato de la boda unas cuantas más,
Pedirá que la tierra lo trague en más de una ocasión,
Pero estadísticamente, no siempre le va ir mal. En algún momento va a encontrar el chongo preciso.
El que no le histeriquee, el que si quiere A, a los dos días va a seguir queriendo A, y no B, C, o Z.
En definitiva: la horma de su zapato, el que le calce justo y no le apriete el juanete.
Siga probando. Pero, atenti al lupo: si su GPS le indica “recalculando” haga caso, no sea testarudo o encontrará la muerte por seguir las indicaciones de su sistema glandular.
Pruebe esta receta y sino le funciona, le devolveremos su dinero y le conseguiremos, al menos, una cita a ciegas para que despunte el vicio.

domingo, 12 de junio de 2011

¿Por qué los varones relacionan salida al cine con propuesta matrimonial?


Quien hoy desafía a la sapiencia de la Dra Bridget, especialista en enigmas irresueltos, es Eliana Luna, brillante profesional de la política, presidenta de la Fundación Favim e interesada en desandar el camino de las fobias amorosas, de cara a un milenio atravesado por la histeriqueo sentimental.
El cuestionamiento ha requerido un complejo mecanismo de respuesta, ya que encierra un aspecto cultural para el cual difícilmente se pueda hallar un argumento desde las ciencias médicas.
El cuestionamiento puntual es este: ¿Por qué, si uno invita a un hombre al cine y la idea no es ir a ver una película de terror, ellos entran en pánico?
Querida Eliana, esto tiene puntualmente que ver con que, para un varón de edad mediana (entre 12 y 55 años) mendocino típico, el cine está directamente relacionado con pareja estable y matrimonio.
La pregunta puede contestarse en forma antropológica anque histórica. La relación entre cine y compromiso que se produce casi inmediatamente de realizada la propuesta en la mente del varón, responde, según mis cálculos, a lo que la ciencia ha dado en llamar “memoria genética” (proceso por el cual, según el diccionario, el material genético confiere una memoria de la historia de un individuo o una especie)
Estimo que el terror al cine en pareja se remonta a las costumbres de mediados del siglo pasado, según las cuales lograr el permiso del padre de la chica para visitar la sala de barrio, sin un molesto hermano menor en el medio, equivalía a ubicarse en la previa al altar para el desesperado novio, que sólo encontraba intimidad en las butacas de atrás del cine.
Otra razón puede encontrarse, no ya en la memoria genética, sino en la sociología del presente. Es que ir al cine es la salida de la pareja de clase media por excelencia, esos que ya pasaron la etapa de la transa bolichera y aún no les da para quedarse durmiendo en el sillón del living viendo el show creativo los sábados a la noche. Entonces, “cine” entra en directa relación con “lista de casamiento en Falabella” sin ningún tipo de contemplación ni medias tintas.
Una instancia compleja del asunto son las coordenadas espacio - tiempo - duración de la cola para comprar las entradas. Porque en esta provincia entretenida, los cines están ubicados pura y exclusivamente en los centros comerciales, llámeselos shopping - con el excluyente caso del cine de la Universidad, pero vayamos a las generales de la ley, a los casos que marca el convenio de la más recalcitrante mendocinidad, al palo.
Porque, una vez dentro de la sala y apagadas las luces, todos los gatos son pardos. Pero “hay que soportar 45 minutos de espera junto a una fémina que quizás no dure más de lo que dura un balde de pochoclos dulces y un puñado de efectos especiales”, piensan ellos.
En ese tiempo el desesperado protagonista de la incómoda situación, no para de girar su cabeza, casi a 180 grados, buscando una cara conocida en el mar de gente que flota en forma continua por los estridentes pasillos del shopping center. Es que, asumámoslo: en 45 minutos, puede pasar casualmente por allí el padre de su ex novia, la vecina del 3ero B, la masajista de su tía, una amiga de mamá, el verdulero de la cuadra, un compañero del trabajo, su hermano más chico, la kiosquera, el peluquero de la familia, en fin: cualquier ser humano inconveniente podría ubicarlo y desparramar la buenanueva, y hasta escarcharlo en facebook.
El cine, querida Eliana para quien el cine es una salida más, tan inocente como llamar a un delivery, te lo quiero decir: para tu asustado acompañante, el cine es un peligro, la antesala del infierno, un compromiso en ciernes, siente que una vez comprado el ticket de la entrada aparecerá por popa una oficina ambulante del Registro Civil móvil y dos empleadas de Village o Cinemark serán tomadas de testigos de emergencia. Una vez terminada la película, ya no habrá escapatoria: Vos y El serán marido y mujer. Mientras un coro de adolescentes se ríen de su desgracia y en lugar de arroz, les cae una lluvia de pegocientos pochoclos.
Mi consejo médico es que sigas un tratamiento como el que debe practicarse con aquellos moribundos en estado de pre congelamiento.
Como sabrás, no se los puede calentar de entrada, porque el schock térmico los mataría. Lo que se estila, en estos casos, es un recalentamiento pasivo: primero una frazadita, después un chorro de agua caliente, y así, intentás que el susodicho vire de morado a lila pálido y luego a verde manzana, para entonces ir adquiriendo un color amarillento humanoide. Es decir, mi reina, no lo lleves de entrada al cine. Te conviene una previa en la plazoleta Alem, un café parados en la entrada del Pasaje San Martín (el cafetero cobra 3 pesitos el vaso de café con leche y una tortita) un encuentro fortuito en el ascensor del edificio Gómez (podés aprovechar y visitar la terraza, tenés diez pisos para charlar de algo) y así. Quizás logres que un día de semana, el miércoles con descuento, ponele, el campeón del escapismo, el gran Houdini, se distraiga y te proponga ir a ver una de piratas. En ese caso, proponele pagar el pochocho, como ofrenda a semejante acto de superación de su fobia cinematografo-amorosa.

jueves, 9 de junio de 2011

¿Por qué los hombres, en la medida que crecen, lo único que cambian son los juguetes?


Estimada Gabriela: Su pregunta será respondida con esmero y dedicación porque se ha convertido en el primer posteo de este blog.
Usted, queridísima y afilada periodista vernácula, especialista en hilvanar la trayectoria de las cronistas locales, me consulta acerca del cambio de juguetes de los especimenes masculinos conforme pasa el tiempo. Para develar este misterio, primero haré una recorrida por el prontuario lúdico del susodicho. Tomemos al hombre promedio con los que las lectoras de este blog se han podido topar en la vida. Dejaremos afuera a los posibles campesinos que habrán jugado con tierra, y hecho casitas de madera en el bosque, y también a los que por inaccesibles, no conoceremos. Esos que compraban los chiches directamente en Disneylandia.
El promedio, de nuestra generación, el que jugó con el tiki – taka, el balero de Sofovich, la pelota pulpo, los muñecos de Batman, Mazinger – Z y He – Man, pasearon en la bicicleta Aurorita, coleccionaban bolitas de colores y hasta fantasearon con un pista Escalectric (aunque no todos la consiguieron) Los de los autitos de colección, los de los duravit. Esos. Esos peligros latentes en la sociedad, que aún andan sintiéndose niños cuando en el Canal Volver repiten alguna de Carlitos Balá.

¿Por qué lo único que cambian con el paso del tiempo son los juguetes?... Por culpa de ustedes, señoras madres. Ustedes, que a escondidas, y aunque ya sabían que el chico había encontrado la carta de los reyes magos en vuestro cajón de la mesa de luz, le hacían el aguante con el camioncito amarillo nuevo y hasta se mandaban al jardín a cortar el pasto para los camellos y se los desparramaban en la entrada de la casa.
Háganse cargo, madres argentinas.
Ustedes le bancaron que a los 17 se volviera adicto al skate, sabían que les robaba monedas para perderlas en el flipper… y no les hizo mella….
¿Y saben por què?
Porque, en el fondo, a ustedes, mis reinas amorosas que parieron a esas criaturitas endemoniadas, les encanta que el nene sea siempre chiquito… y se acomode en el sillón del living a tomar la mema…
Lo sabemos y desde la medicina no podemos hacer nada.
Ese genio luego se dormirá mirando los Simpson a las tres de la mañana y cambiará a la novia por la play.
Les advierto: para esto no hay remedio. A lo sumo puede llegar a virar en la compra de algún juguete sexual, como máxima muestra de haber madurado. Pero es un engañapichanga.
En verdad el espécimen nunca se desprenderá de la ludodependencia.
Sépanlo madres, y para ayudarlos, comuníquenle a temprana edad que los reyes son las madres. Quizás en la adultez deje de invertir fortunas en huevos kinder y le dure una novia.
Y ustedes sentirán que no han parido en vano.